Tía Ursulina, la pintura y yo
Cinco años después de Jorge Julio, mi hermano mayor y
cuatro años antes de Edgardo, nacía en Buenos Aires Alberto Tomás Greco (yo).
Lo escribo así para darle un poco más de importancia y al mismo tiempo hacer el
cuestionario menos aburrido.
Según comentario de algunos, soy hijo de Úrsula, mi
adorada tía materna: pero no es cierto, porque en ese 14 de enero de 1931, mi
tía Ursulina hace 2 años estaba en Tokio, junto con mi tío Matías, adonde
habían ido en un principio para participar en un certamen de barriletes y luego
se quedaron hasta el invierno del 33. De todas maneras puedo decir, porque
tengo ganas y porque tengo ganas y porque me gusta la idea que soy hijo de mi
tía Ursulina y no de Ana Victoria Disolina Ferraris como figura en el
insoportable papel de la identificación. Al regresar tía Ursulina de Japón
recuerdo que trajo infinidad de objetos fabulosos, pero que no me dejaron tocar
por miedo a que los ensuciara; tampoco verlos, por miedo a que me entusiasmara con
ellos. El regalo que venía con mi nombre tía Ursulina los trajo hasta el
dormitorio (yo tenía entonces dos años o dos años y medio, o quizás ya tres).
Estaba envuelto en un papel extraño entre color tostado y violeta. Por supuesto
rompí inmediatamente el papel, ante la sonrisa de tía Ursulina, encontrando una
jaula (creo que era de mimbre). El ave (imagino un faisán) estaba tan asustado
como yo. “Ponéle un nombre y sean amigos”, dijo tía Ursulina.
Esa noche dormí con la jaula del faisán al lado de mi
cama. Muerto de miedo. Francisco José –mi padre- entonces y hasta que se
jubiló, trabajaba en el Banco de Italia. Yo no lo veía nunca, y los únicos
regalos que me hacía eran unos lápices de tinta que robaba del banco y unas
gomitas para paquetes que también las sacaba de allí.
Las horas de siesta que mis parientes utilizaban para
morirse un poco, yo jugaba en el vestíbulo y en el patio grande con el faisán
(no estoy seguir de que lo fuera) y con los lápices de tinta. Puedo decir, con
un poco de remordimiento (un poco nada más), que no dejé una sola baldosa del
patio sin garabatear. Cuando se les acababan las puntas a los lápices, yo mismo
se las sacaba raspándolos contra la pared.
A todo esto, el faisán parecía divertirse conmigo.
Luego que mi madre se despertaba a la siesta, tomaba mate en casa y yo chocolate
con mucha leche para que no me diera urticaria.
Los rayos del sol daban a los garabatos del patio un
cierto brillo plateado pero casi no se notaban. En esa casa, por lo tanto, no
me decían nada, pero en los días de lluvia, al mojar el agua los dibujos, las
paredes, las persianas y todas las baldosas se teñían de violeta.
Al principio, el faisán no quería comer, como si
tuviera pudor de hacerlo ante alguien, entonces yo me escondía en el dormitorio
de mis padres y lo espiaba por las mirillas de las celosías. Pero luego fue
tomándome confianza, andando detrás de mí por toda la casa (que era enorme),
por los patios y por los dormitorios.
Un día, también a la hora de la siesta, él solo, sin
mi autorización, decidió adelantarse y subir por la escalera del fondo que
llevaba al altillo. Entonces yo fui un poco él mismo y lo seguí callado, en
señal de complicidad, tratando como él había hecho conmigo, de que me sintiera
acompañado en su curiosidad. Antes de llegar a la parte más alta de la escalera,
que daba vuelta hacia una especie de balcón, me caí. Rodé. Sólo recuerdo el
susto del faisán y el revolotear de sus alas, como intentando volar hacía mí,
para salvarme. Por supuesto, pasé largos meses en cama. Perdí el habla y Jorge
Julio sentía cierto placer en llamarme “el mudito” y traer a casa amigos para
que me vieran. Creyeron que nunca más iba a hablar, pero no me despertaba la
idea; al contrario, me gustaba.
Me hacían hacer extraños ejercicios, poniéndome
botones bajo la lengua. No volví a ver al faisán; supe que tía Ursulina se lo
había llevado a su casa de campo. Pero sin la jaula de mimbre, que quedó
colgada en la cocina.
Más tarde, mi madre, con otras tías creyendo que yo
no lo recordaba ni me importaba, comentó que el faisán había sido muerto a picotazos
por dos gallos que habían logrado saltar el gallinero, allá, en el campo.
En esa época, ya no me interesaban los lápices de
tinta que traía mi padre del Banco. Había descubierto algo mejor: los colores.
Quizás, porque me recordaban al faisán.
Pintaba sobre cualquier papel pasando de los dedos
mojados en saliva sobre esos redondeles de acuarela pegados sobre cartulina
blanca con forma de paleta de pintor.
Pintaba todo el tiempo con los dedos.
Eran manchas muy raras. Jorge Julio insistía en que
yo explicara el sentido de esas manchas de colores, qué querían decir, por qué
las había hecho. En qué pensaba cunado las estaba haciendo. Quería a toda costa
un explicación. Pero nunca supe que responderle, deseando continuar mudo toda mi
vida para no tener que dar explicaciones nunca. Y también sordo, para no oírlas.
Alberto Greco
El niño Stanton
- Revista de poesía y arte. Buenos Aires. Año 2008
Pág. 5 y 6 - Dossier Escrituras- dedicado a Alberto
Greco
Publicado
originalmente como respuesta a un cuestionario del fotógrafo Saamer Makarius
que preparaba un libro sobre pintores argentinos que nunca vio la luz. En
1961, Greco lo leyó durante una sesión de la SAAP (Sociedad Argentina de
Artistas Argentinos)

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