lunes, 6 de mayo de 2013

El enamorado


Leonora Carrington

Escritora bilingüe y pintora surrealista. Nació en 1971 en Lancashire (Inglaterra). Hija del presidente de la Imperial Chemical (trust inglés de productos químicos). En 1936 conoció el surrealismo por exposición internacional que se realizaba ese año en Londres. En 1938 estudió pintura con Amadée Ozenfant que había abierto una escuela en la capital inglesa. Se vinculó con Max Ernst, con quien vivió en Francia y de sistema nervioso profundamente afectado fue internada en un sanatorio de enfermedades mentales, experiencia que relata en el extraordinario documento En bas. Una vez mejorada pasa a 1942 a México, país en el que ha residido hasta la fecha. Colaboró en las revistas “Cahiers d’ Art”, “View”, “VVV”, “Bizarre”, “Les Quatre Vents”, “Circle”, etc. En inglés se ha publicado, en la revista “Circle”, admirables piezas de teatro fantástico: The Flannel Night Shirt y Penolope.

Bibliografía: La dama ovale (GLM, París, 1939). En bas (Fontaine, París, 1945). Le cornet acoustique (Flammarion, París)

El Enamorado

Paseando al anochecer por una callejuela, hurté un melón. El frutero, que estaba escondido detrás de sus frutas, me atrapó por el brazo: “Señorita, me dijo, hace cuarenta años que espero una ocasión como ésta. Cuarenta años que me la paso escondido detrás de esta pila de naranjas con la esperanza de que alguien me arrebate una fruta. Y le digo por qué: necesito hablar, necesito contar mi historia. Si usted no me escuche, la entregaré a la policía”.
“Le escucho”, dije yo.
Me tomó del brazo y me llevó al interior de su tienda entre frutas y legumbres. Pasamos por una puerta, al fondo, y llegamos a un cuarto. Había allí un lecho en el que yacía una mujer inmóvil y probablemente muerta. Me pareció que debía estar allí desde hacía mucho tiempo pues el lecho estaba todo cubierto de hierbas crecidas. “Lo riego todos los días”, dijo el frutero con aire pensativo.
“En cuarenta años nunca he llagado a saber si estaba muerta o no. Nunca se ha movido, ni hablado ni comido durante ese lapso; pero lo curioso es que sigue estando caliente. Si usted no me cree, mire”. Y entonces levantó un ángulo de la cobija lo que me permitió ver muchos huevos y algunos polluelos recién nacidos. “Usted ve, es el modo que utilizo para incubar huevos (también vendo huevos frescos)”.
Nos sentamos a cada lado del lecho y el frutero comenzó a hablar: “La quiero tanto, créame. La he querido siempre. Era tan dulce. Tenía unos piececitos ágiles y blancos. ¿Quiere usted verlos?” “No”, dije yo.
“En fin”, continuó diciendo con un profundo suspiro, “era tan hermosa. Yo tenía cabellos rubios, ella hermoso cabellos negros (ahora, los dos tenemos cabellos blancos). Su padre era un hombre extraordinario. Tenía una gran casa en el campo. Su dedicaba a coleccionar costillas de cordero. Por ese motivo llegamos a conocernos. Yo tengo una especialidad: sé desecar la carne con la mirada. El señor Pushfoot (ése era su nombre) oyó hablar de mí. Me invito a su casa a desecar sus costillas a fin de que no pudrieran. Agnes era su hija. Fue un amor a su primera vista. Partimos juntos en barco por el Sena. T o remaba. Agnes me  hablaba así: “Te quiero tanto que vivo sólo para ti”. Y yo le decía lo mismo. Creo que es mi amor lo que la mantiene cálida; quizás estás muerta, pero el calor persiste”. – “El año próximo”, prosiguió con la mirada perdida, “sembraré algunos tomates; no me asombraría que se desarrollaran bien allí adentro.” –“Caía la noche y no se me ocurría dónde pasar nuestra primera noche de bodas; Agnes se había vuelto pálida, muy pálida por la fatiga. Finalmente, apenas salimos de París, vi una cantina que daba sobre la orilla. Aseguré el barco y penetramos por la galería negra y siniestra. Había allí dos lobos y un zorro que se paseaban a nuestro alrededor. No había nadie más.”
“Llamé, llamé a la puerta para encerraba un terrible silencio. “Agnes está muy fatigada, Agnes esta muy fatigada”, gritaba yo lo más fuerte que podía. Finalmente una vieja cabeza se asomo a la ventana y dijo: “No sé nada. Aquí el patrón es el zorro. Déjeme dormir: usted me fastidia”. Agnes se puso a llorar. No quedaba otro remedio: tenía que dirigirme al zorro. “¿tiene usted camas?” le pregunté varias veces. No respondió nada: no sabía hablar. Y de nuevo la cabeza, más vieja que antes, que desciende suavemente desde la ventana, atada a un cordoncito: “Diríjase a los lobos; yo no soy el patrón aquí. Déjeme dormir, por favor”. Acabé por comprender que esa cabeza estaba loca y que no tenía sentido continuar. Agnes seguía llorando. Di vueltas alrededor de la casa y al fin pude abrir una ventana por la que entramos. Nos encontramos entonces en una cocina alta; sobre un gran horno enrojecido por el fuego había unas legumbres que se cocían solas y saltaban por sí mismas en el agua hirviendo; ese juego las divertía mucho. Comimos bien y después nos acostamos sobre el piso. Yo tenía a Agnes en mis brazos. No pudimos dormir ni un minuto. Esa terrible cocina contenía toda clase de cosas. Una enorme cantidad de ratas se habían asomado al borde exterior de sus agujeros y cantaban con vocecitas aflautadas y desamables. Había olores inmundos que se inflaban y desinflaban una tras otro, y corrientes de aire. Creo que fueron las corrientes de aire las que acabaron con mi pobre Agnes. Ya nunca más se recobró. Desde ese día habló cada vez menos”.
Y el frutero estaba tan cegado de lágrimas que no tuve dificultad de escaparme con mi melón.
               
                                                                                                                      La dame ovale  


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