El dedo gordo del pie
El dedo gordo del pie es la parte más humana del cuerpo humano, en el sentido de que ningún otro elemento del cuerpo
se diferencia tanto del elemento correspondiente del mono antropoide
(chimpancé, gorila, orangután o gibón). Lo que obedece al hecho de que el mono
es arborícola, mientras que el hombre se desplaza por el suelo sin colgarse de
las ramas, habiéndose convertido él mismo en un árbol, es decir, levantándose
derecho en el aire como un árbol, y tanto más hermoso en la medida en que su
erección es correcta. De modo que la función del pie humano consiste en darle
un asiento firme a esa erección de la que el hombre está tan orgulloso (el dedo
gordo deja de servir para la prensión eventual de las ramas y se aplica al
suelo en el mismo plano que los demás dedos).
Pero cualquiera que sea el papel desempeñado en la erección por su pie,
el hombre, que tiene la cabeza ligera, es decir, elevada hacia el ciclo y las
cosas del cielo, lo mira como un escupitajo so pretexto de que pone ese pie en
el barro.
Aun cuando dentro del cuerpo la sangre fluye en igual cantidad de arriba
hacia abajo y de abajo hacia arriba, se ha tomado el partido de lo que se eleva
y la vida humana es considerada erróneamente como una elevación. La división
del universo en infierno subterráneo y en cielo completamente puro es una
concepción indeleble. El barro y las tinieblas son los principios del mal del mismo
modo que la luz y el espacio celeste son los principios del bien: con los pies en el barro pero con la cabeza cerca de la luz,
los hombres imaginan obstinadamente un flujo que los eleva sin retorno en el
espacio puro. La vida humana implica de hecho la rabia de ver que se trata de
un movimiento de ida y vuelta, de la basura al ideal y del ideal a la basura,
una rabia que resulta fácil dirigir hacia un órgano tan bajo como un pie.
El pie humano es sometido generalmente a suplicios grotescos que lo
vuelven deforme y raquítico. Es imbécilmente destinado a los callos, a las
durezas y a los juanetes; y si sólo tenemos en cuenta costumbres que están en
vías de desaparecer, a la suciedad más repugnante: la expresión campesina
"tiene las manos tan sucias como los pies", que ya no es válida hoy
para toda la colectividad humana, lo era en el siglo XVII.
El secreto espanto que le provoca al hombre su pie es una de las
explicaciones de la tendencia a disimular en la medida de lo posible su
longitud y su forma. Los tacos más o menos altos según el sexo le quitan al pie
una parte de su carácter bajo y plano.
Además tal inquietud se confunde frecuentemente con la inquietud sexual,
lo que es particularmente sorprendente entre los chinos quienes, tras haber
atrofiado los pies de las mujeres, los sitúan en el punto más excesivo de sus
desviaciones. El mismo marido no debe ver los pies desnudos de su mujer y en
general es incorrecto e inmoral mirar los pies de las mujeres. Los confesores
católicos, adaptándose a esa aberración, les preguntan a sus penitentes chinos
"si no han mirado los pies de las mujeres".
Idéntica aberración se da entre los turcos (turcos del Volga, turcos del
Asia Central) que consideran inmoral mostrar sus pies desnudos e incluso se
acuestan con medias.
Nada similar puede citarse con respecto a la antigüedad clásica (aparte
del uso curioso de las altas plataformas en las tragedias). Las matronas
romanas más púdicas dejaban ver constantemente sus dedos desnudos. En cambio,
el pudor del pie se desarrolló excesivamente durante los tiempos modernos y no
desapareció sino hasta el siglo XIX. Salomon Reinach expuso ampliamente ese
desarrollo en el artículo titulado "Pies púdicos"(*), insistiendo
sobre el papel de España donde los pies de las mujeres fueron objeto de la
preocupación más angustiada y también causa de crímenes. El simple hecho de
dejar ver el pie calzado sobrepasando la falda era juzgado indecente. En ningún
caso era posible tocar el pie de una mujer, familiaridad excesiva que era,
salvo una excepción, más grave que ninguna otra. Por supuesto, el pie de la
reina era objeto de la prohibición más terrible. Así, según Mme. D'Aulnoy, estando
el conde de Villamediana enamorado de la reina Isabel, pensó en provocar un
incendio para tener el placer de llevarla en sus brazos: "Se quemó casi
toda la casa que valía cien mil escudos, pero él se consoló cuando aprovechó
una situación tan favorable, tomó a la soberana en sus brazos y la cargó por
una pequeña escalera. Allí le robó algunos favores y, lo que se destacó mucho en aquel país, tocó incluso su pie. Un paje lo vio, le
informó al rey y éste se vengó matando al conde con un disparo de pistola."
Es posible ver en esas obsesiones, como lo hace Salomon Reinach, un
refinamiento progresivo del pudor que poco a poco pudo conquistar la
pantorrilla, el tobillo y el pie. Aunque en parte es fundada, esta explicación
sin embargo no es suficiente si pretendemos dar cuenta de la hilaridad
comúnmente provocada por la simple imaginación de los dedos del pie. El juego de los caprichos y los ascos, de las necesidades y los
extravíos humanos es en efecto tal que los dedos de las manos significan las
acciones hábiles y los caracteres firmes, los dedos de los pies la torpeza y la
baja idiotez. Las vicisitudes de los órganos, la pululación de estómagos,
laringes, cerebros que atraviesan las especies animales y los innumerables
individuos, arrastran la imaginación a flujos y reflujos que no sigue de buen
grado por odio a un frenesí todavía perceptible, aunque penosamente, en las
palpitaciones sangrientas de los cuerpos. El hombre se imagina gustosamente
semejante al dios Neptuno, imponiendo con majestad el silencio a sus propias
olas: y sin embargo las olas ruidosas de las vísceras se hinchan y se vuelcan
casi incesantemente, poniendo un brusco fin a su dignidad. Ciego, tranquilo no
obstante y despreciando extrañamente su oscura bajeza, un personaje
cualquiera dispuesto a evocar en su mente las grandezas de la historia humana,
por ejemplo cuando su mirada se dirige hacia un monumento que atestigua la
grandeza de su país, es detenido en su impulso por un atroz dolor en el dedo
gordo porque el más noble de los animales tiene sin embargo callos en los pies,
es decir que tiene pies y que esos pies, independientemente de él, llevan una
existencia innoble.
Los callos en los pies difieren de los dolores de cabeza y de muelas por
su bajeza, y sólo son
ridículos en razón de una ignominia explicable por el barro donde los pies se
sitúan. Como por su actitud física la especie humana se aleja tanto como puede del barro terrestre -aunque por otra
parte una risa espasmódica lleva la alegría a su culminación cada vez que su
impulso más puro termina haciendo caer en el barro su propia arrogancia- se
piensa que un dedo del pie, siempre más o menos deforme y humillante, sería
análogo psicológicamente a la caída brutal de un hombre, vale decir, a la
muerte. El aspecto repulsivamente cadavérico y al mismo tiempo llamativo y
orgulloso del dedo gordo corresponde a ese escarnio y le da una expresión
agudizada al desorden del cuerpo humano, obra de una discordia violenta de los
órganos.
La forma del dedo gordo no es sin embargo específicamente monstruosa: en
eso es diferente de otras partes del cuerpo, el interior de una boca abierta
por ejemplo. Sólo deformaciones secundarias (aunque comunes) han podido darle a
su ignominia un valor burlesco excepcional. Pero la mayoría de las veces conviene
dar cuenta de los valores burlescos por una extrema seducción. Aunque estamos
obligados a distinguir aquí categóricamente dos seducciones radicalmente
opuestas (cuya confusión habitual ocasiona los más absurdos malentendidos de
lenguaje).
Si hay un elemento seductor en un dedo gordo del pie, es evidente que no
se trata de satisfacer una aspiración elevada, por ejemplo el gusto
completamente indeleble que en la mayoría de los casos induce a preferir las
formas elegantes y correctas. Al contrario, si escogemos por ejemplo el caso
del conde de Villamediana, podemos afirmar que el placer que obtuvo al tocar el
pie de la reina estaba en relación directa con la fealdad y la inmundicia
representadas por la bajeza del pie, prácticamente por los pies más deformes. De modo que aun
suponiendo que el pie de la reina haya sido totalmente lindo, sin embargo
tomaba su encanto sacrílego de los pies deformes y embarrados. Siendo una reina a priori un ser más ideal, más etéreo que ningún otro, era humano hasta el desgarramiento tocar
lo que en ella no difería mucho del pie transpirado de un soldado raso. Es
experimentar una seducción que se opone radicalmente a la que causan la luz y
la belleza ideal: los dos órdenes de seducción a menudo se confunden porque nos
agitamos continuamente entre uno y otro, y dado ese movimiento de ida y vuelta,
ya sea que tenga su término en un sentido o en el otro, la seducción es tanto
más intensa en la medida en que el movimiento es más brutal.
En el caso del dedo gordo, el fetichismo clásico del pie que culmina en
el lamido de los dedos indica categóricamente que se trata de baja seducción,
lo que da cuenta de un valor burlesco que se vincula siempre más o menos a los
placeres reprobados por aquellos hombres cuyo espíritu es puro y superficial.
El sentido de este artículo parte de una insistencia en cuestionar
directa y explícitamente lo que seduce, sin tener en cuenta
la cocina poética, que en definitiva no es más que un rodeo (la mayoría de los
seres humanos son naturalmente débiles y no pueden abandonarse a sus instintos
sino en la penumbra poética). Un retorno a la realidad no implica ninguna
aceptación nueva, pero esto quiere decir que somos seducidos bajamente, sin
ocultamiento y hasta gritar, con los ojos desorbitados: así desorbitados ante
un dedo gordo.
* En La antropología, 1903, pp. 733-736; reimpreso en Cultos, mitos y religiones, r. I, 1 905, pp. 105-1 10.
Georges Bataille, Diccionario Crítico
Incluido en La conjuración sagrada: ensayos 1929-1939
Trad.: Silvio Mattoni
Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2003
Imagen de Andre Masson

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