La mutilación sacrificial y la oreja cortada de Vincent Van Gogh
"La mañana del 11 de diciembre paseaba por el bulevar de Ménilmontant cuando, llegando a la altura del cementerio Père-Lachaise, empezó a mirar fijamente al sol y recibió de sus rayos la orden imperiosa de arrancarse un dedo; sin vacilar, sin sentir dolor alguno, tomó entre sus dientes el índice izquierdo y seccionó sucesivamente la piel, los tendones flexores y extensores, los ligamentos articulares a nivel de la articulación falango-falangiana, retorció con su mano derecha la extremidad de su índice izquierdo así dilacerado y lo arrancó completamente. Intentó huir de los agentes que sin embargo lograron apoderarse de él y lo condujeron al hospital..."
El joven automutilador, además de su oficio de
diseñador de tapices, en sus ratos de ocio se dedicaba a pintar. Sin mayores
datos sobre las tendencias representadas en su pintura, sabemos sin embargo que
había leído ensayos de crítica de arte de Mirbeau. Sus inquietudes se
relacionaban además con temas como el misticismo hindú o la filosofía de
Friedrich Nietzsche.
"En los días que precedieron a la
automutilación, tomó varios vasos de ron o de cognac. Incluso cabría
preguntarse si no fue influido por la biografía de Van Gogh, en la que había
leído que en un acceso de locura el pintor se había cortado una oreja y se la
había enviado a una muchacha de un burdel. Fue entonces que al pasear por el
bulevar de Ménilmontant el 11 de diciembre, 'inquirió al sol, se sugestionó,
miró fijo al sol para hipnotizarse adivinando que su respuesta era sí'. Creyó
recibir así un asentimiento. 'Vago, haz algo, sal de ese estado', parecía
adivinar por transmisión de pensamiento. 'No me pareció gran cosa, añade, tras
haber tenido la idea del suicidio, sacarme un dedo. Me decía: 'Todavía puedo
hacerlo.'"
No creo que sea útil retener, sino a título
informativo, el hecho de que Gastón F... conociera el ejemplo de Van Gogh.
Cuando una decisión interviene con la violencia necesaria para arrancarse un
dedo, escapa íntegramente a las sugestiones literarias que han podido
precederla y la orden que los dientes han debido satisfacer tan bruscamente debe
aparecer como una necesidad a la cual nadie se podría resistir. La coincidencia
de los gestos de ambos pintores recobra además toda su extraña libertad a
partir del momento en que la misma fuerza exterior, escogida independientemente
por una parte y por otra, interviene en el accionar de los dientes o de la
navaja: ninguna biografía de Van Gogh podía impulsar al mutilador del
Pére-Lachaise, ejecutor de un sacrificio cuya visión nadie habría podido
soportar sin gritar, a recurrir absurdamente a los rayos enceguecedores del
sol...
Resulta relativamente fácil establecer hasta qué
punto la vida de Van Gogh está dominada por las relaciones perturbadoras que
mantenía con el sol; sin embargo esa cuestión aún no había sido destacada. Las
pinturas de sol del Hombre con la oreja cortada son bastante conocidas,
bastante insólitas como para haber desconcertado: no se tornan inteligibles
sino a partir del momento en que son consideradas como la expresión misma de la
persona (o si se prefiere, de la enfermedad) del pintor. La mayoría son
posteriores a la mutilación (la noche de Navidad de 1888). No obstante, la
obsesión aparece ya en el período de París (1886-1888) con dos dibujos (véase
De la Faille, 374, 375). El período de Arles está representado por los tres
Sembradores (véase De la Faille, 422, junio de 1888; 450 y 451, agosto de
1888); pero aún no hallamos en esos tres cuadros más que el crepúsculo. El sol
no aparece "en toda su gloria" sino en 1889 durante la estadía del
pintor en el asilo de alienados de Saint-Rémy, es decir, después de la
mutilación (véase De la Faille, 617, junio de 1889; 628, septiembre de 1889 y
710, 713, 720, 729, 736, 737 sin fecha precisa). La correspondencia de esa
época indica además que la obsesión alcanzaba su punto culminante. Fue entonces
cuando en una carta a su hermano empleó la expresión de "sol en toda su
gloria" y es probable que se dedicara a mirar fijamente desde su ventana
esa esfera deslumbrante (lo que algunos alienistas consideraban antaño un signo
de incurable locura). Tras la partida de Saint-Rémy (enero de 1890) y hasta el
suicidio (julio de 1890) el sol de gloria desaparece casi enteramente de las
telas.
Vincent Van Gogh -
Olivos con cielo amarillo y sol, 1889
Aunque para mostrar la importancia y el desarrollo
de la obsesión de Van Gogh es necesario relacionar los soles con los girasoles,
cuyo ancho disco orlado por cortos pétalos recuerda el disco del sol, al que
además no deja de dirigirse siguiéndolo durante todo el día. Esta flor también
se conoce en francés con el mismo nombre de sol y en la historia de la pintura
está ligada al nombre de Vincent Van Gogh, quien escribió que de alguna manera
él tenía el girasol (como se dice que Berna tiene el oso o Roma la loba). Ya en
el período de París, había representado un girasol erguido sobre su tallo,
aislado en un minúsculo jardín; si bien la mayoría de los floreros con
girasoles fueron pintados en Arles durante el mes de agosto de 1888, al menos
dos de esos cuadros datan del período de París y sabemos por otro lado que en
el momento de la crisis de diciembre de 1888 Gauguin, que vivía con él, acababa
de terminar un retrato del pintor donde éste pintaba un cuadro con girasoles.
Es probable que trabajara entonces en una variante de uno de los cuadros de
agosto (realizándolo de memoria, como lo hacía frecuentemente, a semejanza de
Gauguin). La asociación estrecha entre la obsesión por una flor solar y el
tormento más exasperado adquiere un valor mucho más expresivo en la medida en
que la predilección exaltada del pintor desembocó algunas veces en la
representación de la flor ajada y seca (De la Faille, 452, 453 y fig. 1, p. 10)
cuando al parecer nadie había pintado nunca flores marchitas, cuando el mismo
Van Gogh representaba a todas las demás flores frescas.
Ese doble vínculo que unía al sol-astro, los
soles-flores y Van Gogh puede además reducirse a un tema psicológico normal,
donde el astro se opone a la flor marchita como el término ideal al término
real del yo. Es lo que al parecer se manifiesta con bastante regularidad en las
diferentes variantes del tema.
En una carta a su hermano, en la que hablaba de un
cuadro que le gustaba, expresó el deseo de que se lo colocara entre dos
jarrones de girasoles como un reloj de péndulo entre dos candelabros. Es
posible considerar al mismo pintor como una inquietante encarnación del
candelabro de girasoles cuando adhiere a su sombrero una corona de velas
encendidas y sale con esa aureola bajo la noche de Arles (enero o febrero de
1889) con el pretexto, decía, de que iba a pintar un paisaje nocturno. La misma
fragilidad de ese asombroso sombrero de llamas expresa sin duda a qué impulso
de dislocación podía obedecer Van Gogh cada vez que era sugestionado por un
foco de luz. Por ejemplo cuando representaba un candelero sobre el sillón vacío
de Gauguin...
Una carta del pintor a su hermano, fechada en
diciembre de 1888 (Brieven aan zijn Broeder, n° 563), menciona por
primera vez el sillón de Gauguin rojo y verde,
efecto nocturno, pared y piso también rojo y verde, en el asiento dos novelas y
una vela. En una segunda carta
del 17 de enero de 1890 {Brieven aan zijn Broeder, n° 571), Van Gogh añade: Quisiera que de Haan viese un estudio
mío de una vela y dos novelas (una amarilla, la otra rosa, apoyadas en un
sillón vacío, precisamente el sillón de Gauguin), tela de 30 en rojo y verde.
Hoy también acabo de trabajar en su compañero, mi propia silla vacía, una silla de madera blanca con una pipa y un paquete de tabaco. (Se trata del cuadro reproducido en De la Faille con el n° 498). En los dos estudios, al igual que en otros, he buscado un efecto de luz
mediante el color claro.
Esos dos cuadros resultan más significativos ya que
datan de la misma época de la mutilación. Basta con remitirse a las
reproducciones para ver que no representan simplemente un sillón o una silla,
sino en verdad las personas viriles de los dos pintores.
A falta de datos suficientes, se hace difícil
interpretar los elementos con una certeza completa; sin embargo, no puede dejar
de impresionarnos un contraste que parece favorecer totalmente a Gauguin: una
pipa apagada (un fuego extinto y sofocado) se opone a una vela encendida, un
miserable paquete de tabaco (producto desechado y calcinado) a dos novelas
forradas en colores vivos. Esa diferencia se carga mucho más de elementos
perturbadores puesto que corresponde a la época en que los sentimientos de odio
de Van Gogh hacia su amigo se exasperan hasta el punto de provocar una ruptura
definitiva: pero la cólera contra Gauguin no es sino una de las formas más
agudas del desgarramiento interior cuyo tema vuelve a hallarse generalmente en
la actividad mental de Van Gogh. Gauguin desempeñó ante su amigo el papel de un
ideal que asumía las aspiraciones más exaltadas del yo incluso en sus
consecuencias más demenciales: la humillación odiosa y desesperada junto a su
contrapartida desconcertante, la identificación estrecha entre quien humilla y
quien es humillado. El ideal contiene en sí mismo parte de las taras de las que
sería la antítesis exasperada: la vela no se apoya muy sólidamente en el sillón
sobre el cual su situación es precaria y hasta insólita; el sol en su gloria se
opone sin duda al girasol marchito, aunque por más seco que esté, el girasol es
también un sol y el mismo sol tiene algo de enfermizo y deletéreo: tiene el color del azufre tal como el pintor lo
describe en francés en dos ocasiones.
Esa equivalencia de elementos opuestos caracteriza
además la reaparición del tema, en un nuevo sistema de relaciones, en el Sillón de Gauguin: frente a la lámpara
de gas la miserable vela desempeña el mismo papel que la pipa frente a ella; la
lámpara de gas colgada no hace más que elevar un poco más alto una fisura que,
en el fondo, sólo es el signo de la heterogeneidad irreductible de los elementos
desgarrados (y desencadenados) en la persona de Vincent Van Gogh.
Las relaciones entre el pintor (que se identifica
sucesivamente con frágiles velas, con girasoles a veces frescos y otras veces
marchitos) y un ideal cuya forma más fulgurante es el sol parecerían así
análogas a las que antaño mantenían los hombres con los dioses, al menos
mientras éstos aún les causaban estupor; la mutilación intervendría normalmente
en esas relaciones como un sacrificio: representaría la intención de asemejarse
completamente a un término ideal caracterizado por lo general, en la mitología,
como dios solar, mediante el desgarramiento y la extirpación de sus propias
partes.
El tema se vincula de esta manera con el de la
mutilación de Gastón F..., y su significación puede ponerse de relieve por
medio de un tercer ejemplo en el cual un hombre de fuego le ordena a una mujer que se arranque las orejas para ofrecérselas:
"Una mucama de treinta y cuatro años, seducida y embarazada por su patrón,
había dado a luz a un niño que murió pocos días después de nacer. Desde
entonces la desdichada sufrió delirios de persecución con excitación y
alucinaciones religiosas. Se la internó en un asilo. Una mañana, una cuidadora
la encuentra tratando de arrancarse el ojo derecho: el globo ocular izquierdo
había desaparecido y la órbita vacía dejaba ver jirones de conjuntiva y de
tejido celular, así como pelotones adiposos; en el derecho tenía una exoftalmía
muy pronunciada... Interrogada sobre el motivo de su acto, la alienada declaró
que había oído la voz de Dios y poco después había visto a un hombre de fuego:
'Dame tus orejas, ábrete la cabeza', le decía la visión. Tras haberse golpeado
la cabeza contra las paredes, intenta arrancarse las orejas y luego decide
extirparse los ojos. El dolor es intenso cuando ella realiza las primeras
tentativas; pero la voz la exhorta a soportar el sufrimiento y la desdi- chada
no abandona su empresa. Declara haber perdido entonces el conocimiento y no
puede explicar cómo logró arrancar completamente su ojo izquierdo."
Este último ejemplo resulta más significativo
puesto que la sustitución de los ojos por las orejas, a falta de un elemento
cortante, permite acceder a partir de mutilaciones de partes poco esenciales
(tales como un dedo o una oreja) hasta la enucleación edípica, es decir, la
forma más espeluznante del sacrificio.
¿Pero cómo es posible que gestos indiscutiblemente
ligados a la alienación, aun cuando en ningún caso puedan ser considerados como
síntomas de una enfermedad mental determinada, sean espontáneamente designados
como la expresión adecuada de una verdadera función social, de una institución
tan definida, tan generalmente humana como el sacrificio? No obstante, la
interpretación no es refutable en cuanto asociación inmediata, enteramente
desprovista de toda elaboración científica. Incluso en la antigüedad algunos
locos pudieron designar así sus mutilaciones: Areteo habla de enfermos a los
que ha visto desgarrar sus propios miembros por espíritu de religión y para
rendirles homenaje a los dioses que les reclamaban ese sacrificio. Pero no
resulta menos sorprendente que en nuestros días, cuando la costumbre del
sacrificio está en plena decadencia, la significación de la palabra, en la
medida en que todavía expresa un impulso revelado por una experiencia interior,
siga estando tan estrechamente ligada a la noción de espíritu de sacrificio, cuyo ejemplo más
absurdo, aunque también el más terrible, sería la automutilación de los
alienados.
Es cierto que esa parte demente del dominio
sacrificial, la única que nos sigue resultando inmediatamente accesible en
tanto pertenece a nuestra propia psicología patológica, no puede oponerse
simplemente a una contrapartida de sacrificios religiosos de hombres y de
animales: la oposición existe en el interior mismo de la práctica religiosa,
que presenta a su vez frente a los sacrificios clásicos las más variadas y más
excesivas formas de la automutilación. En ese orden, están las orgías
sangrientas de las sectas musulmanas que se manifiestan actualmente bajo las
formas más dramáticas y más significativas: llevados colectivamente al colmo
del frenesí religioso, los participantes desembocan tanto en el horrible
sacrificio homofágico como en la mutilación, indirecta o no, golpeándose el
cráneo unos a otros con golpes de maza o de hacha, arrojándose contra hojas de
espadas o arrancándose los ojos. Cualquiera que sea el papel desempeñado por la
capacidad adquirida, por ejemplo en la enucleación, la necesidad de lanzarse o
de lanzar algo de sí mismo/partes de sí sigue siendo el principio de un mecanismo psicológico o fisiológico que
en algunos casos puede no tener más límite que la muerte. Las fiestas de
fanáticos, por otro lado, no hacen más que recuperar de manera atenuada, a
veces en las mismas regiones, las fiestas de iniciación de los galli, sacerdotes de
Cibeles, que deliraban durante tres días, presos de accesos de furor,
ejecutando saltos y danzas violentas, sacudiendo armas y copas, golpeándose
unos a otros despiadadamente, y que terminaban en el curso de una increíble exaltación
por sacrificar su virilidad con ayuda de una navaja, una valva o un sílex.
El rito de la circuncisión, que en la mayoría de
los casos no ocasiona semejantes escenas de delirio, representa una forma menos
excepcional de ablación religiosa de una parte del cuerpo y, aunque el paciente
no actúe por sí mismo, puede considerarse como una especie de automutilación
colectiva. Es sabido que se practica en mayor o menor grado en las diferentes
partes del mundo, entre los israelitas, los mahometanos y un número muy grande
de pueblos indígenas de África, Oceanía y América. A veces es acompañado por
verdaderas torturas que pueden causar la muerte, por ejemplo entre los
betchouanas del África Austral. Por supuesto, una práctica tan poco explicable
racionalmente ha dado lugar a numerosas interpretaciones: la más conocida, que
atribuye a los salvajes que la instauraron una intención higiénica, se ha
abandonado hace tiempo; en cambio, la que concibe esa mutilación como un
sacrificio, si bien es discutible una generalización, se basa irrefutablemente
en algunos ejemplos positivos.
Por otra parte, cualquiera que sea la naturaleza
sacrificial de la circuncisión, ante todo debe ser considerada como un rito de
iniciación y como tal, estrechamente asimilada a las demás mutilaciones
practicadas en las mismas circunstancias. En particular, la extracción de un
diente reemplaza a la circuncisión en algunas zonas de Nueva Guinea y de
Australia. La ruptura de la homogeneidad personal, la proyección fuera de sí de una parte del propio
ser, con su carácter a la vez arrebatado y doloroso, aparece así regularmente
ligada a las expiaciones, a los duelos o a las licencias que son claramente
evocadas por el ceremonial de ingreso a la sociedad de los adultos. Menos
difundida que la circuncisión, la práctica de la ablación de un dedo es además
muy poco estudiada, y cada ejemplo es citado sucintamente por los diferentes
autores, que en general se limitan a indicar con una frase la ocasión habitual
de la mutilación. Con bastante frecuencia se trata de la muerte y de las
manifestaciones de desesperación que la suceden; sin embargo, en la India se
relaciona para la mujer con el nacimiento de un hijo y la enfermedad cumple el
mismo papel en las islas Tonga. Entre los indios Pies-Negros, el dedo es
ofrendado a la estrella de la mañana en un sacrificio propiciatorio. En las
islas Fidji, la propiciación también podía dirigirse a un hombre vivo: cuando
un súbdito había ofendido gravemente a su jefe, cortaba su dedo meñique y lo
presentaba en la hendidura de un bambú para obtener su perdón. Resulta
sorprendente que tal forma de mutilación se encuentre en la mayoría de las
regiones del mundo, en Australia, en Nueva Guinea, en las islas Tonga y Fidji;
en América, en el Paraguay, en el Brasil y en la costa Noroeste; en África,
entre los pigmeos del lago Ngami, los hotentotes, los bushmen. Incluso en
Grecia un dedo de piedra erguido encima de un montículo en el campo todavía
indicaba en el siglo II que esa costumbre acaso no se había ignorado siempre. "Viniendo
de Megalópolis en la Mesenia, escribe Pausanias, y a lo sumo a siete estadios
de la ciudad, a la izquierda del camino verán un templo dedicado a unas diosas
que reciben el nombre de Manías... Creo que es un apodo que se le da a las
Euménides; pues se asegura que allí fue donde Orestes se enfureció luego del
asesinato de su madre. Muy cerca del templo hay un pequeño montículo de tierra
que corona una piedra en forma de dedo; llaman a ese montículo la tumba de
Dáctilo (dedo); se supone que Orestes habría sufrido allí un acceso de furor y
se devoró un dedo de la mano izquierda; al lado hay otra loma denominada Acé
(dolor) porque Orestes obtuvo allí la cura de sus males. De modo que se erigió
un templo a las Euménides; se dice que estas diosas se le aparecieron
totalmente negras a Orestes cuando querían hacerle perder la razón y que cuando
devoró su dedo se le volvieron a aparecer, pero completamente blancas, y ante
esa visión recobró su buen sentido."
La extraña práctica de la ablación del dedo parece
ser particularmente frecuente en una región tan arcaica como Australia, que no
conoce el sacrificio en el sentido clásico de la palabra. Y el hecho es sin
duda más destacable en la medida en que resulta difícil negar la existencia del
mismo rito en el período neolítico: en los contornos de manos obtenidos en las cavernas aplicando la mano sobre la pared y rodeándola
de pintura, se encuentran lagunas de una o de varias falanges. Las prácticas
análogas comprobadas actualmente en los dementes se revelarían así no sólo como
generalmente humanas, sino también como muy primitivas; la demencia no haría
más que eliminar los obstáculos que en las condiciones normales se oponen al
cumplimiento de un impulso tan elemental como el impulso contrario que nos hace
comer.
En efecto, cualquiera que sea el egoísmo que rige
la apropiación de alimentos y de bienes, el movimiento que empuja a que un
hombre en determinados casos se done (en otros términos, se destruya) no sólo
en parte sino en su totalidad, vale decir, hasta que se produzca una muerte
sangrienta, sin duda no puede compararse en cuanto a su naturaleza irresistible
y espantosa más que a las deflagraciones deslumbrantes que convierten la
tormenta más abrumadora en un transporte de alegría. Asimismo, en las formas
rituales del sacrificio común, el sacrificante es vilmente sustituido por un
animal. Sólo una penosa víctima interpuesta "penetra en la zona peligrosa
del sacrificio y allí sucumbe, -como dicen Hubert y Mauss-, porque está allí
para sucumbir. El sacrificante permanece a salvo." La liberación de ''todo
cálculo egoísta"; de toda reserva sigue siendo sin embargo la meta de esas
tentativas de escapatoria, en el sentido de que unas criaturas de pesadilla
como los dioses están encargados de efectuar hasta el fin lo que un hombre
vulgar se contenta con imaginar: "el dios que se sacrifica se dona sin
retorno", escriben Hubert y Mauss. "Dado que en esta ocasión ha
desaparecido todo intermediario, el dios que al mismo tiempo es el sacrificante
se hace uno con la víctima y a veces incluso con el sacrificador. Todos los
elementos diversos que se incluyen en los sacrificios ordinarios reingresan
ahora unos dentro de los otros y se confunden. Salvo que semejante confusión
sólo es posible para los seres míticos, imaginarios, ideales". Hubert y
Mauss olvidan entonces los ejemplos de "sacrificio del dios" que
hubieran podido encontrar en la automutilación y mediante los cuales el
sacrificio pierde su carácter de artificio.
Efectivamente, no hay razón alguna para separar la
oreja de Arles o el índice del Pére-Lachaise del célebre hígado de Prometeo. Si
aceptamos la interpretación que identifica el águila proveedora, el aetos prometheus de los griegos, con
el dios que robó el fuego de la rueda del sol, el suplicio del hígado presenta
un tema acorde con las diversas leyendas de "sacrificio del dios".
Normalmente se reparten los papeles entre la persona humana del dios y su
avatar animal: unas veces el hombre sacrifica al animal, otras veces el animal
al hombre, pero siempre se trata de automutilación, dado que el animal y el
hombre no forman más que un solo ser. El águila-dios que se confunde en la
imaginación antigua con el sol, el águila que es el único ser que puede
contemplar con la mirada fija al "sol en toda su gloria", el ser
icariano que va a buscar el fuego del cielo no es sin embargo nada más que un
automutilador, un Vincent Van Gogh, un Gastón F. Todo el exceso de riqueza que
toma del delirio mítico se limita al increíble vómito del hígado, sin cesar
devorado y sin cesar vomitado por el vientre abierto del dios.
Si se atendieran estas relaciones, la utilización
del mecanismo sacrificial para diversos fines tales como la propiciación o la
expiación podría considerarse secundaria y sólo se mantendría el hecho básico
de la alteración radical de la persona que puede ser indefinidamente asociada a cualquier
otra alteración acaecida en la vida colectiva: por ejemplo la muerte de un
pariente, la iniciación, el consumo de la nueva cosecha... Una acción de ese
tipo se caracterizaría por el hecho de que tendría la capacidad de liberar
elementos heterogéneos y romper la homogeneidad habitual de la persona: se
opondría al caso contrario, a la ingestión común de los alimentos, de la misma
manera que un vómito. Considerado en su fase esencial, el sacrificio no sería
sino un rechazo de lo que se había apropiado una persona o un grupo. Y dado que
en el ciclo humano todo aquello que es rechazado se altera de una manera
completamente perturbadora, intervienen las cosas sagradas al término de la
operación: la víctima desplomada en un charco de sangre, el dedo, el ojo o la
oreja arrancados no difieren sensiblemente de los alimentos vomitados. La
repugnancia no es más que una forma del estupor causado por una erupción
aterradora, por el derrame de una fuerza que es capaz de engullir. El
sacrificante es libre: libre para dejarse arrastrar él mismo en semejante
derrame, y al identificarse continuamente con la víctima, libre de vomitar su
propio ser, como ha vomitado un pedazo de sí mismo o un toro, es decir, libre
para lanzarse de pronto fuera de sí como un gallus o un aissaouah.
No obstante, es posible dudar de que aun los más
frenéticos que alguna vez se hayan desgarrado y mutilado en medio de gritos y
golpes de tambor hayan abusado de esa maravillosa libertad como lo hizo Vincent Van Gogh: haciendo
llevar la oreja que acababa de cortarse precisamente al sitio que más repugna a
la buena sociedad. Es admirable que de tal modo diera pruebas a la vez de un
amor que no tomaba nada en cuenta y de alguna manera escupiera a la cara de
todos aquellos que conservan la consabida idea elevada, oficial, de la vida que
han recibido. Tal vez la práctica del sacrificio desaparece de la tierra porque
no pudo ser suficientemente cargada con ese elemento de odio y de asco sin el cual
se nos revela como un servilismo. Sin embargo, la oreja monstruosa enviada en
su paquete sale bruscamente del círculo mágico dentro del cual fracasaban
estúpidamente los ritos de liberación. Sale de allí junto a la lengua de
Anaxarcos de Abdera cortada con los dientes y escupida sangrante a la cara del
tirano Nicocreón, junto a la lengua de Zenón de Elea escupida a la cara de
Demilós... filósofos ambos que fueran sometidos a espantosos suplicios, el
primero machacado vivo en un mortero.
Diccionario Crítico

No hay comentarios:
Publicar un comentario