Sin duda, a falta de indicios
suficientes debemos citar una sola época donde la forma humana se reveló en su
conjunto como un escarnio decadente de todo lo grande y violento que el hombre
pudo concebir. De donde hoy resulta, en un sentido completamente distinto, una
carcajada tan necia como tajante, y la simple visión (mediante la fotografía)
de aquellos que nos han precedido inmediatamente en la ocupación de esa zona no
es menos horrible. Surgidos de las tristes habitaciones (lo decimos como si
fuera el seno materno) donde todo había sido dispuesto por esos vanidosos
fantasmas, sin exceptuar el olor al polvo viejo, lo más claro de nuestro tiempo
se dedicó, al parecer, a borrar hasta la más mínima huella de esa vergonzosa
ascendencia. Pero así como en otros lugares las almas de los muertos persiguen
a los que están aislados en el campo, tomando el aspecto miserable de un
cadáver semidescompuesto (en las islas caníbales de Polinesia buscan a los
vivos para devorarlos), aquí, cuando un desdichado joven se entrega a la
soledad moral, las imágenes de quienes se le anticiparon en el más agotador
absurdo surgen con motivo de cada exaltación insólita, unen su senil suciedad a
las más encantadoras visiones, hacen que los puros escapados del cielo sirvan
en unas cómicas misas negras (donde Satán sería el agente de policía de una
comedia musical y los aullidos de los poseídos, unos pasos de baile).
En esa escaramuza espectral, deprimente como pocas,
cada sentimiento, cada deseo es interrogado con una apariencia un tanto engañosa
y no se trata de examinar una simplificación. El hecho mismo de estar
obsesionado por apariciones tan escasamente feroces da a los terrores y a los
arrebatos un valor irrisorio. Por ese motivo las diferentes personas que
buscaron una salida siempre han transpuesto más o menos sus dificultades. En
efecto, una decisión en ese terreno no puede convenir a quienes tienen el
sentimiento de determinadas integridades, y piensan obstinadamente en un orden
de cosas que no sería completamente solidario con todo lo que ya tuvo lugar, incluyendo los absurdos más vulgares.
Si por el contrario admitimos que nuestra agitación
más extrema estaba dada, por ejemplo, en el estado de ánimo humano representado por cierta boda
provinciana fotografiada hace veinticinco años, nos situamos fuera de las
reglas establecidas, lo que implica una verdadera negación de la existencia de
la naturaleza humana. La creencia en la existencia de esa naturaleza supone en efecto la
permanencia de ciertas cualidades eminentes y, en general, de una manera de ser
respecto de la cual el grupo representado en esa fotografía resulta monstruoso
aunque sin demencia. Si se tratase de una degradación en cierto modo
patológica, es decir, un accidente que sería posible y necesario reducir, el
principio humano quedaría resguardado. Pero si, de acuerdo con nuestro
enunciado, observamos a ese grupo como el principio mismo de nuestra actividad
mental más civilizada y más violenta, e incluso a la pareja matrimonial -entre
otras- de una manera simbólica, como el padre y la madre de una conmoción
salvaje y apocalíptica, se engendraría una serie de monstruos incompatibles que
reemplazaría la supuesta continuidad de nuestra naturaleza.
Resulta inútil además exagerar el alcance de esa
extraña carencia de la realidad; ya que no es más inesperada que otra, sin que
la atribución de un carácter real al entorno haya sido nunca sino uno de los signos de esa vulgar
voracidad intelectual a la cual debemos a la vez el tomismo y la ciencia
actual. Conviene restringir el sentido de esa negación, que expresa en
particular dos ausencias de relación: la desproporción, la ausencia de medida
común entre diversas entidades humanas, que de alguna manera es uno de los
aspectos de la desproporción general entre el hombre y la naturaleza. Esta
última desproporción, al menos en alguna medida, ya ha recibido una expresión
abstracta. Está claro que una presencia tan irreductible como la del yo no encuentra su sitio
en un universo inteligible y, recíprocamente, ese universo exterior no tiene sitio
dentro de un yo salvo por medio de
metáforas. Pero le atribuimos mayor importancia a una expresión concreta de esa
ausencia de relación: si examinamos en efecto a un personaje escogido al azar
entre los fantasmas aquí presentes, su aparición en el curso de las series no
discontinuas expresadas por la noción científica de universo, o incluso más
sencillamente en un punto cualquiera del espacio y del tiempo infinito del
sentido común, sigue siendo completamente chocante para la mente, tan chocante
como la aparición del yo dentro del todo
metafísico, o más bien, para regresar al orden concreto, como la de una mosca
en la nariz de un orador.
Nunca se insistirá lo suficiente sobre las formas
concretas de estas desproporciones. Resulta demasiado fácil reducir la
antinomia abstracta del yo y del no-yo, pues la dialéctica hegeliana se imaginó
expresamente para realizar esos artilugios. Es hora de constatar que las más
escandalosas revoluciones se han encontrado recientemente a merced de
proposiciones tan superficiales como la que define la ausencia de relación como
otra relación1. Esta paradoja tomada de Hegel tenía por objeto hacer ingresar
la naturaleza dentro del orden racional, considerando cada aparición
contradictoria como lógicamente deducible, de modo que a fin de cuentas la
razón ya no podría concebir nada chocante. Las desproporciones no serían más
que la expresión del ser lógico que, en su devenir, procede por contradicción.
Al respecto, es preciso reconocerle a la ciencia contemporánea el mérito de considerar
que en definitiva el estado original del mundo (y con ello todos los estados
sucesivos que son su consecuencia) son esencialmente improbables. Pero la
noción de improbabilidad se opone de manera irreductible a la de contradicción
lógica. Es imposible reducir la aparición de la mosca en la nariz del orador a
la supuesta contradicción lógica del yo y el todo metafísico (para Hegel esa aparición fortuita debía
simplemente remitirse a las "imperfecciones de la naturaleza"). Pero
si le concedemos un valor general al carácter improbable del universo científico, se hace posible realizar una operación
contraria a la de Hegel y reducir la aparición del yo a la de la mosca.
Y aun cuando reconozcamos el carácter arbitrario de
esta última operación, que podría juzgarse como un simple escarnio lógico de la
operación inversa, lo cierto es que la expresión dada al yo humano hacia finales
del último siglo se revela extrañamente adecuada a la concepción enunciada. Sin
duda, aparece subjetivamente —para nosotros— esta significación alucinante,
aunque parecería suficiente admitir una simple diferencia de claridad entre la
interpretación contemporánea y la nuestra. Es verdad que de manera oscura los
seres humanos que vivían en esa época a la europea adquirieron un aspecto tan
excesivamente improbable (es evidente que la transformación del aspecto físico
no tiene nada que ver con decisiones conscientes). Esa transformación no deja
de tener el sentido que hoy discernimos claramente. Y por supuesto, aquí sólo
se trata del carácter específico de ese aspecto humano anticuado. Actualmente
también sería posible darle una significación idéntica a algunas personas
existentes, pero se trataría de hechos más o menos comunes a todas las épocas:
la paradoja senil y la contradictoria exageración involuntaria tuvieron libre
curso solamente hasta los primeros años del siglo XIX y nadie ignora que desde
entonces se sucedieron los esfuerzos más obstinados para que el blanco y la
blanca recobraran finalmente una figura humana. Los corsés de cintura de avispa dispersos en los desvanes de provincia
son actualmente presa de las moscas y las polillas, terreno de caza para las
arañas. En cuanto a las pequeñas almohadillas que durante mucho tiempo
sirvieran para darles cierto énfasis a las formas más gruesas detrás de las
piernas, ya sólo obsesionan los horribles cerebros de viejos reblandecidos que
—mientras agonizan día a día bajo extraños bombines grises- sueñan obstinadamente
con apretar un torso blando dentro del juego pertinaz de las ballenas y los
lazos... Y probablemente haya un canto de gallo ahogado, aunque embriagador, en
la frase en que el globo terráqueo se nos muestra debajo de los talones de una
deslumbrante estrella norteamericana en traje de baño.
¿Por qué produciría efectivamente el pudor una tan
brusca fascinación? ¿Por qué ocultar que las raras esperanzas embriagadoras que
subsisten están inscritas en los cuerpos rápidos de algunas muchachas norteamericanas?
Si algo de todo aquello que ha desaparecido aún tan recientemente podía
arrancar sollozos, ya no es la belleza de una gran cantante, sino solamente una
alucinante y sórdida perversidad. Para nosotros tantos extraños personajes,
monstruosos sólo a medias, aparecen todavía animados por los movimientos más
ingenuos, agitados como un carillón de caja de música por otros tantos vicios
inocentes, calores escabrosos, vahos líricos... De modo que no se trata en
absoluto, a pesar de toda obsesión contraria, de prescindir de esa odiosa
fealdad, y también algún día nos sorprenderemos corriendo absurdamente -los
ojos súbitamente turbios y cargados de inconfesables lágrimas- hacia unas
provincianas casas embrujadas, más viles que las moscas, más viciosas, más rancias
que salones de peluquería.
1 Desde 1921, cuando Tristan Tzara reconocía que
"la ausencia de sistema sigue siendo un sistema, sólo que más
simpático", aunque esa concesión a objeciones insignificantes haya
permanecido entonces aparentemente incomprendida, la cercana introducción del
hegelianismo podía ser considerada. En efecto, es fácil dar el paso desde esa
confesión al panlogismo de Hegel, puesto que está de acuerdo con el principio
de la identidad de los contrarios: incluso podríamos suponer que tras admitir esa primera desidia ya no
había modo alguno de evitar el panlogismo y sus graves consecuencias, es decir,
la sed sórdida de todas las integridades, la hipocresía ciega y finalmente la
necesidad de ser útil para algo determinado. Aunque esas vulgares inclinaciones
se mezclaban con una voluntad diametralmente opuesta, desempeñando de manera
particularmente feliz el papel de excitación violenta de toda dificultad
admitida, ya no queda razón alguna, en adelante, para no revisar la desidia
inútil expresada por Tristan Tzara. Nadie verá nunca en efecto lo que la
decisión de oponerse brutalmente a todo sistema pueda tener de sistemático, a
menos que se trate de un retruécano y que la palabra sistemático se haya tomado
en el sentido vulgar de obstinación. Pero esto no es materia de bromas y por
una vez el retruécano da pruebas, en el fondo, de una triste senilidad. No se
advierte en efecto la diferencia entre la humildad -la menor humildad- ante el
SISTEMA -es decir, en suma, ante la idea y el temor de Dios. Parecería además
que esa lamentable frase, como es lógico, hubiese estrangulado a Tzara, que
desde entonces se ha mostrado inerte en todas las circunstancias. La frase
apareció como epígrafe de un libro de Louis Aragon. Anicet ou le panorama. (París, Gallimard,
1921).
Extraído de Bataille,
Georges (2003): La conjuración sagrada: ensayos 1929-1939, Buenos
Aires, Adriana Hidalgo.
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